El bárbaro que liberó a Germania de los romanos, pero fue asesinado a traición por su propia familiaEconomía 

El bárbaro que liberó a Germania de los romanos, pero fue asesinado a traición por su propia familia

Su nombre quedó ligado para toda la eternidad con el principio del fin de la presencia romana en Germania y fundido a fuego con el bosque que se convirtió en la tumba de tres legiones. Arminio, que de él se trata, asestó el primer gran golpe que recibió el Imperio más poderoso de su época, pero, lo que no pudo Roma lo logró la traición de su familia, que lo asesinó por la espalda cuando solo tenía 37 años.

Arminio o Hermann (“hombre de guerra”), como se lo rebautizó durante el romanticismo alemán, nació en el año 18 antes de Cristo (algunas fuentes dicen 16 y otras 17), en una aldea germana ubicada en las cercanías de lo que hoy es Hannover. Era hijo de Segimerus, el jefe de la tribu de los queruscos, una de las más feroces de toda Germania.

No había cumplido aún 10 años cuando los romanos, que ya habían invadido parte del territorio germano, pusieron un pie en su aldea. Como su padre pactó con el invasor, él fue enviado como rehén a Roma, tal como se hacía con los hijos de los jefes tribales para asegurarse que éstos siguieran siendo leales al imperio.


Estatua en honor al gran héroe germano

Así que Arminio fue asimilado a la cultura romana y entrenado como un comandante militar romano. Su desempeño en el ejército fue extraordinario, por lo que a los 20 años comandó un destacamento que actuó como fuerza auxiliar en las guerras de Panonia (en el territorio de lo que hoy es Hungría). Pronto ascendió al cuerpo de élite ecuestre y fue aceptado en la nobleza.

Pero en el año 7 después de Cristo, cuando tenía 23 años, fue enviado de nuevo a su tierra natal. Resulta que, una vez dominada Hispania, el
emperador Augusto se obsesionó con expandir definitivamente su imperio al norte de Germania. Como el
legati augusti (una especie de gobernador) designado allí, Publio Quintilio Varo, no era muy brillante y dedicaba más tiempo a la bebida y el juego que a sus ocupaciones, mandó a Arminio para que lo ayudara, ya que éste conocía como nadie a su pueblo y su forma de luchar.

Columna Algo no salió bien, en Lo que el día se llevó

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Al principio, el joven romanizado entabló una gran amistad con Varo y, según algunas fuentes históricas, hasta llegaron a ser como padre e hijo; pero al ver que los queruscos eran maltratados y privados de los privilegios y de su libertad, Arminio se rebeló contra Roma, formó un complot con otras tribus y se dispuso a expulsar al invasor.

El objetivo que se había propuesto no era para nada fácil. Más bien se podría decir que era rayano con lo imposible, porque el imperio había destinado allí una de sus mayores fuerzas: tres legiones, la 17°, 18° y 19°, que constaban de 5000 hombres cada una y que estaban apoyados por seis cohortes y tres alas de caballería: en total, 24.000 hombres.

Arminio sabía que si peleaba en campo abierto no tenía ninguna posibilidad, por eso ideó un plan magistral: fingiendo que seguía siendo su amigo, engatusó a Varo diciéndole que había una rebelión cerca de Westfalia, en el oeste, y lo incitó a trasladar todo su ejército hacia allí, lo que lo obligaba a internarse en el bosque de Teutoburgo.

No se sabe a ciencia cierta qué hizo que Varo cayera en la trampa. Agustín Saade, profesor de la

Universidad de Buenos Aires

, que dicta la asignatura Historia Antigua II, analiza esta cuestión: “En algún momento del año 9, Arminio lo convence a Varo de que hubo un gran levantamiento en una zona un poco alejada de donde estaban; pero lo curioso es que lo convence con argumentos «romanos». En otras palabras, le dice cosas como «si no sofocas esto, el Senado (Augusto) te va a sacar el cargo
legati augusti» o «si no te movilizas, no les vas a poder pagar a tus tropas». Y sobre todo lo convence haciendo uso de su moral romana, que dictaba que había que ganar prestigio comandando tropas victoriosas”.

Sea como sea, lo cierto es que el 9 de septiembre del año 9 después de Cristo, Varo entró con todas sus legiones al bosque y cayó así en la mayor emboscada de la historia de Roma. El historiador romano Suetonio describe lo que debe haber sido ese día: había amanecido tormentoso y con una lluvia torrencial, los legionarios romanos avanzaban con pie de plomo bajo el ruido de los truenos. Escondido, detrás de cada árbol había un querusco con una espada, en cada rama había un arquero con el arco tensado y detrás de cada piedra había un lancero.

En el instante preciso, Arminio dio la orden de atacar: lo que se produjo después fue una masacre, en solo tres días murieron 24.000 romanos,
en lo que se constituyó en ese momento como la peor derrota de un ejército imperial en la historia. Varo se suicidó con su propia espada al ver el desastre, mientras que algunos generales intentaron negociar, desconociendo las costumbres queruscas: no tomaban prisioneros, así que fueron todos pasados a degüello.

Fue un golpe terrible que Roma nunca olvidó.
En Vida de los Doce Césares, escrita por Suetonio, alrededor del siglo II después de Cristo, se cuenta que, cuando recibió la noticia de esta derrota, Augusto fijó guardias por toda la ciudad, para prevenir cualquier tumulto, y prolongó su mandato a los gobernadores de las provincias para que pudieran contener a los aliados al ser personas expertas en el trato con ellos.

Asimismo, el emperador hizo también prometió a Júpiter Óptimo Máximo la realización de unos grandes juegos, si la situación política cambiaba para mejor, como se había hecho en la guerra de los cimbros y en la de los marsos. Cuentan, por último, que quedó tan consternado, que durante varios meses se dejó crecer la barba y el pelo, y que se golpeaba a veces la cabeza contra las puertas gritando:
“Quintili Vare, legiones redde” (“¡Quintilio Varo, devuélveme las legiones!”, en latín). Es más, consideró cada año el día 9 de septiembre como día de dolor y de luto.


Arminio y Thusnelda

Arminio había logrado lo imposible: había borrado del mapa tres legiones completas, marcado el principio del fin de los romanos en Germania (porque si bien hubo una serie posterior de victorias romanas, estos terminaron por resignarse a no conquistar una región tan problemática) y se había erigido como rey de todas las tribus germanas. Estaba tocando el cielo con las manos. Pero… siempre hay un “pincelazo” que arruina la vida.

Su hermano Flavus, que también había sido romanizado, le hizo la cruz porque Arminio no quiso volver a unirse a los romanos, y su suegro, Segestes, estaba con la sangre en el ojo porque el héroe bárbaro se había casado con su hija Tusnelda, que él había prometido a otro hombre. Entre los dos, más otros familiares, lo mataron a traición cuando solo tenía 37 años. Se terminó así la vida del hombre que fue llamado por Tácito: “El libertador de Germania”.

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