Polarización total: el Frente de la Venganza vs. la Alianza AjustadoraPolítica 

Polarización total: el Frente de la Venganza vs. la Alianza Ajustadora

Los misterios empiezan a develarse. El tablero político nacional dividido en tres tercios, que consagraron las primarias de 2015, parece haber terminado por diluirse la última semana. Una polarización extrema acaba de configurarse para anticipar

el horizonte electoral

. La avenida del medio hoy se asemeja solo a una calle de ida.

Dónde terminará Sergio Massa, el tercero en discordia de hace cuatro años, ya se ve menos relevante tras el coqueteo público con el kirchnerismo, iniciado el jueves pasado, y su afiliación sin dobleces al bando opositor a Mauricio Macri. Una certeza que, sin embargo, no termina con otras incertidumbres.

La consecuencia definitiva que tendrá este nuevo mundo binario, más propio de un preludio de ballottage que de la antesala de unas PASO, es motivo de debate. Demasiado incipiente todo como para pronosticar resultados. Se advierte en las distintas visiones que existen entre las dos facciones y hacia dentro de cada una de ellas, especialmente en el oficialismo.

Las ya clásicas diferencias entre la Casa Rosada y la gobernación bonaerense vuelven a emerger ahora frente al nuevo escenario. El ala liderada por Marcos Peña considera que lo ocurrido en los últimos días en el universo opositor no tiene entidad alguna para enturbiar el entusiasmo que le devolvieron algunas encuestas. Los sondeos reflejan, según dicen, el impacto positivo de la calma cambiaria en el ánimo social. También pronostican que Alberto Fernández sumará menos de lo que perderá Massa si comparten las mismas PASO. Para el macrismo puro y duro, eso será más una colisión que una coalición.

En el plano de lo concreto, las tres semanas de quietud en las pizarras de la cotización del dólar les dieron a los habitantes de Balcarce 50 un aliciente para atenuar lo peor del presente en el que casi nadie quiere estar. También, un motivo para agitar el miedo al regreso a ese pasado del que la mayoría se quiso ir en 2015, que es lo que ocurriría con un triunfo del que identifican como el Frente para la Venganza. Excesos lingüísticos de campaña. Aunque las declaraciones de Alberto Fernández sobre los procesos judiciales por corrupción en marcha los ayudan a reforzar la prédica. ¿El miedo podrá más que la dificultad de recrear una ilusión? Es lo que está en juego.

Ahora el Gobierno espera que la inflación mantenga una tendencia descendente y que los sueldos nuevos recompongan cierta capacidad de consumo. Necesita que no se constituya lo que Eduardo Fidanza denomina la alianza entre los que no pueden comprar y los que no pueden vender, que viene gestándose.

En el entorno de María Eugenia Vidal, en tanto, se encendió un nuevo motivo de preocupación. Consideran la extrema polarización, que empezó a precipitarse, un factor capaz de agudizar las dificultades para retener la gobernación.

En su distrito se concentra el mayor potencial electoral del kirchnerismo y en 2015 y en 2017 fue decisiva la existencia de otras opciones (el Frente Renovador de Massa y el minipartido de Florencio Randazzo) para que se concretaran los triunfos de Cambiemos. Ambos se llevaron, en diferentes proporciones, votos filoperonistas que permitieron victorias apretadas del macrismo sobre los candidatos kirchneristas. Si Massa se fundiera con el kirchnerismo, tras las PASO, no habría quien los atrajera (o los distrajera) en la elección general por la gobernación.

En la mesa chica de Vidal hacen cuentas y llegan a la conclusión de que, con esta polarización, las chances de la mandataria de lograr su reelección estarían seriamente en riesgo. Para evitarlo, Macri debería arañar en la provincia un empate con la fórmula Fernández-Fernández en la primera vuelta. Hoy es una quimera.

En las encuestas que manejan en La Plata, el binomio Vidal-Daniel Salvador (que ya se da por seguro) le saca entre 3 y 5 puntos a Axel Kicillof-Verónica Magario. Pero Macri pierde por el doble ante Cristina. Y eso era antes de que Massa iniciara su proceso de cambio de identidad. Hay serias dudas de que alcance el stock existente de tijeras para revertirlo. Y mucho más de que haya suficientes manos dispuestas a usarlas para cortar boletas. Si Macri no sube, el ascensor de Vidal no llegaría a la cima.

Las elucubraciones para concretar la táctica de la “Y” son hoy solo eso. La posibilidad de que dos candidatos a presidente (Macri y Juan Manuel Urtubey) lleven en su boleta provincial a Vidal como única candidata a gobernadora no tendrían chances reales de prosperar. Más allá de las limitaciones normativas que hoy existen, nadie sabe cuánto podría sumar esa alquimia. El gobernador salteño aparece (estéticamente y algo más) demasiado cercano al macrismo.

Dicen algunos funcionarios de Vidal que los arrepentidos por no haber desdoblado y adelantado las elecciones bonaerenses ya son legión en el oficialismo. No se incluyen en la lista ni Macri ni Peña. Es obvio. El vidalismo no deja de recordarle al macripeñismo que en la provincia no hay segunda vuelta, a la que apuesta todo Macri en la Nación.

En la Casa Rosada mientras preparan la campaña, en la que los grupos de WhatsApp serán estrellas, y empiezan a definir la integración de las listas legislativas, se ocupan de evaluar quién acompañará a Macri. El deber ser de la hora obliga a pensar en un candidato ajeno a Pro. Pero el nombre y la cara todavía no aparecen cuando se busca que, además de mostrar espíritu de apertura, el postulante a vicepresidente aporte votos. Lo más probable es que todo sea muy simbólico. Sobre todo ahora que volvió el optimismo.

Massa con K

En el fernandecismo (si es que ese colectivo no es un monoplaza) se entusiasman con terminar de cerrar con Massa, mucho más que lo que genera en el cristinismo, vehículo que tiene una sola conductora, pero cuenta con bastantes más pasajeros. Nadie sabe cuántos de los votos del tigrense terminaría sumando Alberto Fernández. Pero todo vale mucho más en una elección bipolar que se resolvería por diferencias muy estrechas.

En el círculo del flamante postulante kirchnerista descreen, obviamente, del efecto neutro que a la probable cooptación de Massa le adjudican Peña y Durán Barba. Ambos, además, insisten en que el exjefe de Gabinete es peor candidato que Cristina, aunque la mayoría de las encuestas no estarían avalando la hipótesis. En ningún caso se ve que la intención de voto de Alberto Fernández sea menor que la que tenía la expresidenta, aunque tampoco haya mejorado la performance de manera relevante en ningún sondeo serio. El contenido del vaso siempre depende de quién lo evalúa, si los propios o los ajenos.

No obstante, al kirchnerismo el corrimiento de Massa, aun cuando al final no terminen compartiendo las PASO, ya le reportó una cuota de capital simbólico. Reforzaría la idea de que es mayoritario el rechazo al oficialismo. También, les serviría para contar que Alberto Fernández empezó a ampliar las fronteras que no lograba atravesar Cristina Kirchner. Crear climas verosímiles es parte fundamental de las estrategias de campaña. La verdad siempre es un horizonte que se aleja y que solo se verifica cuando ya es irreversible: con el escrutinio.

Lo cierto es que la fórmula Fernández-Fernández ha sacado ventaja temporal. Habrá que ver si consigue efectivamente atenuar los rechazos para dejar de ser el Frente de la Venganza y la Impunidad, como le adjudican sus rivales, y construir la idea de que su adversario no es otra cosa que la Alianza Ajustadora. Otro exceso del marketing electoral.

Aún hay mucho margen para los matices, que pueden resultar más necesarios que nunca. La polarización obligará a atenuar perfiles para salir a buscar votos decisivos en los márgenes. Será ese el mayor desafío que tendrán los dos espacios que han quedado en pie

Sin embargo, muchos especialistas auguran para la campaña una
remake de la Guerra del Miedo, en la que cada facción potenciará lo peor del otro para aterrorizar a los electores que no han tomado partido. También (o sobre todo), para disimular el pasado (negativo) que acumulan ambas fuerzas en pugna. Las encuestas muestran que quienes prevén un futuro mejor para el país el año próximo son menos que los que pronostican que la economía estará peor. ¿La apuesta al temor será más fuerte que la recreación de una ilusión? Delicias de la polarización.

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