El Pocho sigue pedaleandoSociedad 

El Pocho sigue pedaleando

Por Lucio Albirosa* (a dieciocho años del asesinato de Claudio Pocho Lepratti)

Bajen las armas, hijos de puta, que aquí solo hay pibes comiendo… -dijo, y cayó lentamente sobre la muerte.

El gringo era entrerriano a secas. Había estudiado ese tema de los derechos en casa de altos estudios y después se mandó a un seminario para seguir la carrera de «hermano coadjuntor», pero Dios no lo quería allí dentro.

Entonces, una luz le marcó un sendero esgrimido a entrega y entereza para alcanzar tareas de contención social en el humilde barrio Ludueña de Rosario. Los astros lo sabían desde antes, supongo. Ahí fue brazo activo del cura Edgardo Montalto y militó en la «cocina centralizada», donde también fue delegado y hasta usurpó un trozo minúsculo de aquella carpa histórica de los trabajadores despedidos por el tilde rotulista y absurdo de ser «sindicalistas».

Con el paso de los años, más de veinte grupos de niños y jóvenes provenientes de barriadas populares supieron del oficio de promoción y participación del «pocho». Gracias a «La Vagancia»; una marea de pibes emergía construyendo futuro desde las cenizas y por encima de cualquier plegaria antojadiza.

Amaba la poesía y el folklore, se deleitaba enseñando guitarra en cuanto tiempo libre irrumpía sus quehaceres.

Fue delegado gremial de ATE y CTA, caminó calles, levantó pancartas, protestó con justeza ante las injusticias golpeando siempre a los de abajo y soñó esquinas con risas de obreros y cárceles libres de pobres. Fue director de «El ángel de la lata», una revista parida en los pasillos de la necesidad y el «nos falta todo» aclarado en páginas con cruces y obituarios, cunas de miseria lanzadas de verdad a cualquier despreocupación gubernamental y alguna flor siempre nacía en aquel charco. No supo detenerse, su bicicleta tampoco. Acaso su gloria fue eso y le bastaba.

Para el 19 de diciembre del 2001, quizás el año atroz para todo un país, el «gringo», el «pocho»; como lo llamaban todos sus conocidos, era auxiliar de un comedor en la escuela 756 «José M. Serrano» del humilde barrio Las Flores. Hasta allí llegó una manada de botas y escopetas 1270. Sin mediar palabras comenzaron a disparar hacia el patio trasero de la escuela. Adentro, los niños dejaron de comer, se asustaron, lloraron, no entendían otra cosa más que pánico, miedo y terror ganando todas y cada una de las inocencias. El «pocho» subió al techo, no le importó la pavura de los cobardes ni las balas de plomo buscando cuerpos indefensos. Allá arriba, Lepratti no entendía que volaría demasiado alto.

Gritó. Gritó desesperado, muy fuerte. Lo oyeron a los cuatro vientos y ni siquiera la posta que ingresó en su tráquea pudo evitar que él, hoy y por siempre, sea canción. Triste, pero canción de principio a fin, rondando nuestra memoria…

*  Extraído del libro «La venganza del olvido», Ediciones Huentota, Mendoza. 2019

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