Alejandro Orfila, el segundo tiempo del futbolista que vivía equivocadoDeportes 

Alejandro Orfila, el segundo tiempo del futbolista que vivía equivocado

Ser árbitro es una tarea ingrata en todo el mundo. También en Uruguay, claro. Rafael Orfila se acostumbró a endurecer la piel desde que supo que quería dedicarse a eso, pero esta vez las cosas habían ido demasiado lejos. El mensaje en el celular después de su arbitraje en un partido entre Nacional y Wanderers –que por sus errores llegó a ser calificado como “deplorable” en la prensa local– era como una trompada en la nariz.

“Decime que te compraste una casa”

Claro que en la cancha escuchaba acusaciones de ese tenor, matizadas por insultos de todo tipo. Pero el significado especial de ese agravio no tenía que ver con el contenido sino con quién se lo había enviado. Se trataba de un hincha de Wanderers, pero no de cualquiera: el remitente era nada menos que su hermano futbolista.

“Eso me costó estar un tiempo prudencial bastante distanciado de mi hermano”, le cuenta a Clarin ocho años después de ese episodio Alejandro Orfila, que al día del mensaje acusatorio jugaba en Barracas Central y ya era un veterano gladiador del Ascenso. A partir de situaciones como esas, llegó un tiempo en el que decidió que tenía que cambiar. Sobre todo, en su relación con el fútbol. “A ver… Yo no era un puritano. Yo -se confiesa- viví equivocado”.

La infancia con sus otros cuatro hermanos, todos varones, transcurrió en las calles de La Cruz de Carrasco, barrio humilde al sudeste de Montevideo y cercano al fastuoso Carrasco, destinado a las clases altas. Vivían con sus padres en un complejo de monoblocks y la pelota era protagonista fundamental, mientras una de las ilusiones era poder colarse durante el Carnaval en los tablados barriales para ver a las murgas y comparsas. Por esos días empezó a cultivar la pasión por Wanderers (Guander, para el uruguayo futbolero), ese equipo del que todavía es fanático y que pasaba por uno de los mejores momentos de su historia: Oscar Tabárez, como DT, lo había llevado a jugar la Copa Libertadores, en una década del 80 gloriosa que vio con la camiseta albinegra a cracks como Enzo Francescoli y Pablo Bengoechea, y también a caudillos que dejaron su marca como el Pelado Enrique Peña o el Chifle Jorge Barrios.

Alejandro Orfila, en el banco de suplentes de Atlanta. (Foto: Luciano Thieberger)

Pronto Orfila, el Chano, se transformó en uno de los chicos a los que les echaban el ojo en los torneos de baby-fútbol, que en Uruguay se juegan en equipos de 9 y en canchas de tierra. Lo captaron en las divisiones formativas de Defensor Sporting, club que ya desde aquellos años era de los que mejor trabajaban con los juveniles en el país. Así, en el equipo violeta al que Jaime Roos le dedicó su “Cometa de la farola”, arrancó el sueño de un gurí que de a poco pasó a tener al fútbol como su gran obsesión y que apartaba de su camino casi todo lo que no tenía que ver con la pelota. “Dejé de estudiar cuando empecé a jugar y fue un error enorme. Porque ese tiempo no se recupera y porque nunca sabés qué va a ser de tu carrera”, explica Orfila, dueño de una calma que contrasta con la voracidad que mostraba dentro de los campos de juego. Ya los primeros pasos le permitieron adivinar que su carrera iba a estar más destinada al sacrificio que a los lujos de las grandes figuras.

El traspié inicial llegó antes de debutar: se tuvo que ir de Defensor a la Segunda División para jugar en Miramar Misiones, donde estuvo dos años y después pasó brevemente a Cerrito. Fue entonces que llegó la posibilidad de cruzar el Río de la Plata para jugar en Argentina, también en el Ascenso pero en un grande: Tigre.

-¿Cómo fue dejar Uruguay tan joven?

-Durísimo. Nunca imaginás que vas a estar lejos de tus padres y de tus hermanos y a empezar a verlos una vez por año. Tenía más oportunidades para crecer acá, pero para mí fue terrible venir con mi mujer y dejar mi país de un día para el otro. Además, allá en la cancha como mucho había cien personas. Al venir me encontré con un mundo totalmente nuevo para mí y fue el principio de un montón de cambios.

En Tigre lo dirigió, entre otros, un campeón del mundo: Ricardo Julio Villa. Y aunque no fue para nada fácil, con su voz pausada y sus buenos modales lo convenció de que tenía que abandonar el costado derecho del mediocampo para convertirse en volante central. Desde esa posición emblemática del fútbol de su país, muy pronto empezó a escuchar que de las tribunas del estadio de Victoria empezaba a bajar un grito que en los estadios argentinos suele abrazar a los orientales. “El hincha argentino –explica el Chano– es quilombero en el buen sentido y sabe generar algo positivo. Acá los uruguayos y los de color corremos con una ventaja. Cuando un jugador de color mete un pique, enseguida desde la tribuna cantan ‘¡Negro, negrooo…!’. Y con nosotros pasa parecido. Hacés un par de cosas y ya están todos con ‘¡Uruguayo, uruguayo!’”.

El cambio de posición, de 8 a 5, vino acompañado con modificaciones físicas para reforzar su aspecto atemorizante: se afeitó al ras la cabeza y se dejó crecer una barba candado larga hasta el esternón. “Yo aproveché eso, me volví más malo dentro del campo de juego”, precisa. Y por si algún rival desprevenido creía que la apariencia engañaba, pronto el Chano daba una señal concreta como para que quedara claro que esta vez ese refrán no aplicaba. “En Atlanta algunos chicos les preguntan a compañeros de ellos que me vieron jugar cómo era dentro de la cancha. ‘Era un asesino. Te mataba a patadas’, les dicen. Y tienen razón. Todo el tiempo buscaba la ventaja y estaba al límite. Y si podía pegarte una patada en los tobillos cuando el árbitro miraba para otro lado, te la pegaba”, revela. Y repite, como si quisiera hacer fuerza para recordarlo él también: “Yo te dije. Yo viví equivocado, ¿ta?”.

Pasó muy pronto de acomodarse para no perder pie a hacerse fuerte en un vestuario pesado. Pero nada de eso le alcanzó para escapar de uno de los episodios más traumáticos de su vida. En octubre de 1999, volvía de la cancha de Deportivo Español en un auto junto con el recordado y querido Sapo Marcos Herschel, después de un partido de Tigre. Se encontraron con un grupo enorme de barras de Almirante Brown que esperaba a los de Victoria para realizarles una emboscada y, cuando vieron su ropa de jugadores, los agredieron salvajemente. Orfila se bajó del auto y escapó corriendo: no se salvó de los golpes, pero al final pudo entrar a una casa que tenía la puerta abierta y la Policía lo salvó de que lo mataran. Cualquier duda sobre lo fuerte de su personalidad quedó despejada cuando en 2005 lo llamaron para jugar en Almirante Brown y aceptó.

-¿No te hizo ruido ir a Almirante después de lo que había pasado?

-Mi mujer me preguntaba cómo podía ir ahí. Pero yo le explicaba que no era que me habían pegado por ser Alejandro Orfila: vieron a uno de Tigre y le pegaron. Entonces yo no iba a dejar de aceptar una oferta que me convenía.

En la primera práctica con sus nuevos compañeros en Isidro Casanova, sintió que la herida se reabría cuando desde la tribuna, con unos gritos, le recordaron el episodio. Pero también ahí el tiempo le dio la posibilidad de hacerse querido y de celebrar: en 2007 festejó el ascenso a la B Nacional después de unas finales con Estudiantes también marcadas por la violencia, en las que un grupo de barras de la Fragata llegó a arrojar tribuna abajo en la cancha de Racing un puesto de comidas. En esos días, Orfila saboreó su pequeña revancha cuando uno de los hinchas que lo habían agredido en 1999 se acercó a él para ofrecerle, bastante tarde, sus disculpas.

Alejandro Orfila, durante su etapa como jugador de San Telmo, en un partido contra Laferrere. (Foto: Maxi Failla)

Ya para ese entonces, tenía claro que su carrera no iría más allá de las categorías de Ascenso. Así y todo, la pasión por el fútbol lo consumía. “Yo era un ente en mi casa. Las 24 horas las dedicaba al fútbol y mi familia era solo un agregado. Para eso ya no hay marcha atrás…”, se lamenta el Chano, que siguió su derrotero por diferentes clubes de la B Metropolitana y la C. Los técnicos –sabe- no lo llamaban por sus condiciones técnicas sino por su liderazgo. “Yo, al día de hoy, no podría jugar al fútbol”, asume, y detalla: “El fútbol cambió, como la vida. Era mucho más de choque, más violento y eso yo lo aprovechaba. Tampoco podría seguir el ritmo de ahora, porque yo corría mucho pero no tenía dinámica y además era desordenado”.

La pasión lo hizo jugar casi hasta los 40 años. En San Miguel, en la cuarta categoría, dijo adiós y enseguida supo que quería ser entrenador. Fue el momento en que su pareja le puso un límite para que no repitiera los errores del pasado. “Ella me dijo que me bancaba ser entrenador, pero con la condición de que esta profesión no podía ser como la de futbolista. Que tenía que haber un espacio para la vida familiar y por otro lado la profesión y la pasión, que es el fútbol. Y fue por una exigencia, pero me convenció de que tenía que ser así”. Así, con la ayuda de los afectos, empezó su gran cambio.

Empezó como DT bien de abajo: iba al Parque Sarmiento a entrenar a amateurs. Corría las pelotas que se iban lejos y les transmitía nociones tácticas a oficinistas con ganas de jugar un rato y a sexagenarios que buscaban despuntar el vicio, hasta que lo llamó Sergio Marchi desde Futbolistas Argentinos Agremiados para dirigir a equipos de jugadores libres en lo que fue “un tremendo aprendizaje: manejar a cien chicos de toda índole y que no tenían trabajo, y darles una motivación”. Después de un año, con el campeonato 2016/17 ya comenzado, le llegó la chance de dirigir a Comunicaciones. Fue ahí donde el fútbol de Ascenso supo de ese Alejandro Orfila que empezaba a nacer, totalmente diferente que del que había conocido como jugador. El “asesino” empezaba a abrirle camino al gurú que transmitía enseñanzas.

Alejandro Orfila en 2009, en un clásico ante Nueva Chicago durante su paso por Deportivo Morón. (Foto: Germán García Adrasti)

El éxito en los resultados no tardó en llegar. El equipo de Agronomía cerró el campeonato cuarto y estuvo a punto de conseguir un ascenso histórico a la B Nacional, que se frustró en unas recordadas finales contra Deportivo Riestra. Comu se impuso por 1-0 como local en la ida, y en la revancha perdía 2-0 cuando a cinco minutos del final el partido se suspendió por una invasión de campo, que comenzó un jugador del plantel de Riestra que no estaba convocado ese día. La AFA dispuso que el partido se completara y el plantel dirigido por Orfila mostró en la cancha de Defensores, donde se jugó el bochornoso minipartido a puertas cerradas, una bandera con una frase de Marcelo Bielsa que parecía dedicada al Chano futbolista, ese que vivía equivocado. “El juego fue creado para superar al rival valiéndose de la belleza de los elementos que tiene el propio juego y no para sobrepasar su reglamento buscando sacar ventaja para superar al rival”, decía. Pero más allá de la justicia y los méritos, Comunicaciones no pudo dar vuelta la historia y se frustró su sueño de jugar en la segunda categoría.

De Agronomía saltó a Caballito a finales de 2017 para dirigir en la B Nacional a Ferro, en una experiencia que transcurrió con más sinsabores que alegrías. El vínculo se terminó en febrero de 2019 y no hubo tiempo de esperar, porque enseguida apareció una oferta de Atlanta. El Bohemio arrastraba años de frustraciones y su pasado glorioso, de 64 años en Primera A, por momentos se volvía una carga al contrastarlo con un presenten en el que estaba empantanado en la B Metropolitana. A ese cuadro se sumaba una presunción que en Villa Crespo circulaba con peso de sentencia: que los árbitros perjudicaban deliberadamente al equipo. Y entonces el Chano, en su nueva etapa de gurú, abrió una nueva página en el libro de la sabiduría. “Eso –declaró apenas llegó- son habladurías”. Ratificó el postulado aun después de que en su debut, un 1-1 ante el Barracas Central de Claudio Chiqui Tapia, le anularan a Atlanta un gol que había sido claramente válido.

-¿Cómo hiciste para sacar el foco de la cuestión de los árbitros?

-En este país, y en el fútbol, siempre pensamos que el otro nos va a traicionar. Y yo creo que si desconfío del otro es probable que yo mismo esté dispuesto a hacer algo mal. Mirá, esto es muy simple… Si tu señora te dice que se va a tomar algo con sus amigas y vos la estás llamando todo el tiempo a ver si está donde dice estar, es porque seguramente vos harías todo lo que estás pensando que hace ella. Y con esto es lo mismo. Lo primero que tenemos que entender, y para esto a mí me sirvió tener un hermano árbitro, es que así como nosotros no vemos cosas ellos también pueden no verlas. Eso sí: cuando se equivocan, los tienen que sancionar. Porque si yo o los jugadores nos equivocamos, perdemos nuestro trabajo. Mi hermano, por sus errores, perdió la chance de ser árbitro internacional en Uruguay. Si ellos se equivocan y después aparecen dirigiendo, y en categorías superiores, ahí hay un problema.

Su mensaje prendió rápido y el equipo recuperó la confianza. Con una propuesta ofensiva que no descuidaba la solidez atrás (el arquero, Juan Francisco Rago, completó una racha invicta de 981 minutos), Atlanta se hizo fuerte en ese tramo final de campeonato en el que en otras campañas se había desarmado: de los últimos doce partidos, ganó diez y empató dos para alzarse con el subcampeonato y conseguir el esperado ascenso a la B Nacional. Ahí apareció de nuevo el mensaje del Chano para convencer al plantel de que no alcanzaba con permanecer en la segunda categoría y que había que ir por más. Y así un equipo que se armó con la base del que jugaba en la tercera categoría llegó a liderar durante buena parte del campeonato y terminó la rueda al tope de la Zona A, junto a Estudiantes de Río Cuarto y a Platense. En Villa Crespo también, después de mucho tiempo, llegó de la mano del gurú oriental la hora de aprender a disfrutar por el presente y no solo a castigarse por no estar a la altura del pasado. Un tiempo que se mantiene, más allá de un bajón en la parte final del torneo.

Alejandro Orfila, en la cancha de Atlanta. (Foto: Luciano Thieberger)

“Como técnico, conocí otra vida. Optimicé los tiempos: vengo, trabajo, aplico el tiempo a eso y al momento en que la profesión de técnico me requiere, ahí sí lo hago al 100%. Pero cuando vuelvo a casa y estoy con mi familia, si hay un partido no lo miro ahí. Hay tiempo para todo”, comenta. Del áspero volante central no parecen quedar rastros, aunque… “Miro series, y la verdad que las que más me gustan tienen que ver con el ambiente de las cárceles. Prison Break, El Marginal… Ahora, si me preguntás qué busco ahí, no sé”, desliza, y sonríe hasta con los ojos. Mientras trata de crecer como entrenador en una carrera que lleva apenas tres años, encuentra satisfacciones que no se agotan en un campo de juego. “Cuando perdimos contra Estudiantes de Río Cuarto, me vino a ver mi hija. Me esperó y nos fuimos juntos. Y la satisfacción que yo sentí era como si hubiéramos ganado 7 a 0”, asegura el Chano. Bien lejos del guerrero que castigaba tobillos.

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