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La Carrera de las mujeres universitarias en la Argentina

Por Laura Trama* y Paula Ramagnano** | Ilustración: Juan Claus Beaumont: El sistema universitario nacional se propone desafíos que permitan un avance hacia una sociedad más democrática e igualitaria, porque a pesar de la expansión de la participación de las mujeres, las brechas de género aún operan en la universidad así como en otros espacios de la sociedad.

El Departamento de Información Universitaria de la Secretaría de Políticas Universitarias publicó el informe “Mujeres en el Sistema Universitario Argentino”, cuyos indicadores resumen las características principales de la participación de las mujeres en la universidad. Gracias a los datos brindados por las universidades del país, el reporte publicado el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, ofrece información sobre la cantidad de mujeres que ingresan a carreras de pregrado, grado y posgrado, qué tipo de carreras eligen y cuántas logran finalizar sus estudios superiores.

En la actualidad contamos con diferentes estudios sobre la expansión y las características de la participación de las mujeres en diferentes ámbitos. Esta tarea de reconstruir y visibilizar la participación femenina tiene como objetivo reubicar a las mujeres en aquellos ámbitos de los que fueron segregadas o bien silenciadas sus participaciones.

La ampliación democrática resultado de la última expansión del sistema universitario a partir de los años 90, en cuanto a oferta universitaria y expansión territorial, se construyó a razón de pensar en nueves estudiantes universitaries que se incorporen al sistema. A partir de este proceso de ampliación, las mujeres comenzaron a participar de forma creciente y continuada. Esto se evidencia en los sucesivos relevamientos de la población estudiantil con los que cuenta la Secretaría de Políticas Universitarias, así como a partir de múltiples estudios que analizan la participación femenina en las universidades desde el Siglo XIX, incluso su papel preponderante en la última Reforma Universitaria.

En algún sentido la irrupción de las mujeres no es algo nuevo, pero encontramos una decisión efectiva de tomar conciencia acerca de las brechas de género existentes y visibilizarlas. Esta bocanada de aire, implica pensar en nuevas universidades en relación a la inclusión de las mujeres, otras minorías y géneros no binarios. La reparación de esas ausencias, al calor de políticas públicas aplicadas a la educación superior, requiere el ejercicio de repensar el sistema universitario observando cuál es la participación objetiva y específica de las estudiantes.

Repensar el sistema universitario en clave de género

Es importante tener en cuenta que para el total del sistema universitario hoy contamos con información que contempla únicamente la división varón/mujer. Visibilizar las brechas de géneros en su diversidad, en todos los ámbitos, resulta imprescindible para llevar a cabo políticas públicas y evitar que continúen reproduciéndose las inequidades existentes. Para ello, es fundamental contar con estadísticas desde una perspectiva no binaria que den cuenta de la realidad en su conjunto y así conocer el acceso y trayectorias de mujeres, lesbianas, bisexuales, trans, travestis y personas no binarias en el Sistema de Educación Superior.

Lo primero que vemos a través de estos grandes números presentes en el Informe de mujeres, publicado por la Secretaría de Políticas Universitarias, es que la población estudiantil en las universidades es mayoritariamente femenina. Esta es una característica no sólo de nuestro país, sino de la región latinoamericana en su conjunto ya desde la década de 1980. En Argentina durante el 2019 las mujeres representaron alrededor del 58% de las personas que iniciaron sus estudios de pregrado y grado y el 61% de quienes los finalizaron. Y más allá de ser mayoría, la población estudiantil femenina en este nivel viene incrementándose de manera sostenida a un ritmo promedio del 3,1% anual en los últimos 8 años.

En el caso de las carreras de posgrado, las mujeres también representan la mayoría estudiantil, aunque su tasa de crecimiento es algo menor que en el pregrado y grado (2,4%), y su participación mayoritaria se da con más fuerza en especializaciones, cuya duración suele ser menor a las maestrías y doctorados. Otra de las particularidades en este nivel de estudio es que las mujeres que ingresan a carreras de posgrado mantienen una participación creciente y continuada desde 2015, según los últimos datos publicados por la Secretaría de Políticas Universitarias.

Si bien en el posgrado se da una dinámica particular en relación a las fluctuaciones de cohortes y terminalidad, este comportamiento podría pensarse como un efecto más de la histórica división sexual del trabajo, mediante la cual las tareas reproductivas -tareas domésticas y de cuidado no remunerativas que garantizan la supervivencia de las personas que componen un hogar- recaen principalmente en las mujeres. Según la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo (EAHU-INDEC, 2013) el 88,9% de las mujeres llevan adelante este tipo de tareas y le dedican un promedio de 6,4 horas semanales mientras que una menor cantidad de hombres las realizan, destinando la mitad del tiempo promedio. Además, esta desigual distribución es mayor entre quienes son más jóvenes (de 18 a 29 años). En este sentido, llevar adelante estudios de posgrados de larga duración puede resultar una tarea más difícil de concluir para quienes tienen a cargo, en mayor medida, las tareas de cuidado.

Más allá que la presencia de mujeres sea preponderante en el total del sistema universitario, persisten a lo largo del tiempo ciertas brechas de género de acuerdo al tipo de rama de estudio en que se insertan las estudiantes. En este sentido, la participación femenina en las Ciencias Aplicadas es notablemente menor. Más específicamente, en lo que respecta a carreras relacionadas a Informática, Ingeniería, Industrias y Ciencias Agropecuarias. Y al mismo tiempo, encontramos que año a año, progresiva y sostenidamente, más mujeres se inscriben en ofertas pertenecientes a estas disciplinas.

Por otro lado, las mujeres se encuentran sobre representadas en las ramas de estudio de las Ciencias Humanas y la Salud. En el primer grupo, se destaca la participación de mujeres en Psicología, Letras e Idiomas y Educación. Mientras que en el ámbito de la salud, las estudiantes son mayoría especialmente en Medicina, carreras paramédicas y auxiliares de la medicina y Odontología.

Tales diferencias en cuanto a la elección profesional de muchas mujeres nos invita a pensar sobre cómo continúa reproduciéndose cierta estereotipación de los roles de género, a través de una mayor participación de mujeres en torno a disciplinas que requieren de emocionalidad o cuidado. Este ordenamiento es el resultado de un proceso de construcción respecto del lugar de la mujer en la sociedad, todavía por deconstruir. Incluso, también nos invita a repensar la discusión acerca de cuáles son las disciplinas prioritarias para el desarrollo socio-económico del país. Si son sólo aquellas relacionadas a la industria y energía o también a la educación y la salud.

Por lo general, en las carreras asociadas a determinadas disciplinas la sub o sobre representación de mujeres se da de manera equitativa tanto en el ámbito público como en el privado. Sin embargo, existen algunas excepciones en las cuales la participación de mujeres es desigual según éstas se dicten en universidades de régimen público o privado. Por ejemplo, es el caso del campo de la Economía y la Administración en el cual las estudiantes en instituciones públicas representan el 57% mientras que en el ámbito privado encarnan el 46% de les estudiantes. O, en sentido inverso, en instituciones del ámbito privado la presencia de mujeres en la rama de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales es cercana a la del total del sistema mientras que en las universidades del ámbito público sólo el 48% son mujeres.

Es interesante también analizar la información disponible sobre los recursos humanos del sistema universitario discriminada por género, incluyendo personal docente, no docente y autoridades superiores. En este caso, vemos que la brecha es aún más profunda ya que la participación de las mujeres es menor a medida que incrementa la jerarquía del cargo. Entre quienes presiden las instituciones de educación superior, sólo el 11% son rectoras y/o presidentas. Y, al mismo tiempo, las condiciones de estabilidad también son diferentes por género: la proporción de mujeres con cargos titulares en dedicaciones exclusivas o semi exclusivas es menor al 45%, cuando ellas representan la mitad del personal docente universitario y preuniversitario.

Las mujeres, pertenecemos y circulamos como demuestra el informe de estudiantes y Recursos Humanos en las universidades, pero aún tenemos por delante varios desafíos en relación a diseñar políticas concretas que faciliten las trayectorias universitarias de les estudiantes y mitiguen las brechas de género. Se ha avanzado mucho a lo largo de los últimos años y, de hecho, hoy muchas instituciones cuentan con protocolos específicos para trabajar dentro de sus universidades diferentes problemáticas de violencia de género. En este sentido, según el relevamiento realizado en 2019 por la Red Interuniversitaria por la Igualdad de Género y Contra las Violencias (RUGE) del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), el 74% de las instituciones universitarias públicas aprobó protocolos de género. En su amplia mayoría, estos espacios de género institucionalizados constituyen programas específicos pero el 75% de ellos aún no cuentan con presupuesto propio. Es válido preguntarnos aquí si estas asimetrías responden a la baja participación de mujeres en el área de gestión de nuestras universidades.

La descripción hasta aquí realizada en cuanto al peso de las mujeres, no sólo es insuficiente sino que está recortada a la participación de un universo acotado de mujeres, aquellas que con sus marchas y contramarchas, continúan o discontinúan su formación universitaria. Si bien, nuestro objetivo es visibilizar esta situación, aspiramos a pensar la universidad como andamiaje para construir sentido y significado y desandar estos estereotipos. En principio, el avance hacia una sociedad más democrática e igualitaria, implica preguntarse cuál es el peso de las mujeres en cuanto a nuestra presencia simbólica en el sistema universitario. De algún modo, la universidad se presenta como un espacio que promueve la inclusión aún conforme a las brechas de género existentes y es, en este sentido, que aún tenemos amplios desafíos por delante para alcanzar la igualdad como principio rector de los vínculos que se dan en la comunidad universitaria.

En ese camino nos encontramos.

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