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Los conceptos y el caos

Los Homo Sapiens somos la única especie de hombres que logró concebir lo simbólico, inventar dioses, y formar grupos numerosos con lo que pudimos matar a los otros seres humanos y controlar la Tierra. Vivimos en un mundo ideal con poca relación con lo objetivo.

El mes de diciembre celebramos la Navidad, la fiesta más difundida en la humanidad. Ésta fue la fiesta del Sol Invictus de los romanos, celebrada desde varios siglos antes de la era cristiana. Sus sacerdotes se llamaron pontífices porque construían puentes sobre el Tíber y  tuvieron conflictos, hasta que uno de ellos se proclamó Sumo Pontífice, título que asumió el emperador romano.

Jesús de Nazareth fue un líder que practicó la religión judía, guardó el sábado, habló arameo, no tuvo ninguna simpatía por los romanos y sus dioses. Jamás viajó a Roma durante su vida, ni asistió a la fiesta del Sol Invictus.

En esas fechas solía celebrar la fiesta de la luz propia de los judíos. Según los Evangelios, nació cuando gobernaba Judea Herodes el Grande, muerto el año 4 anterior a la era Común. Jesús debió nacer antes de ese año en un clima primaveral, imposible en el 25 de diciembre.

En el 382 el emperador Graciano transfirió el título de Sumo Pontífice al obispo de Roma, que sigue celebrando la fiesta del Sol Invictus hasta nuestros días, uniéndolo a un supuesto nacimiento de Cristo. La fiesta se ha extendido por el mundo, a veces sin ninguna relación con Jesús.

Vivimos en mundos simbólicos plagados de creencias y supersticiones

En diciembre de 1998 estaba alojado en el Hotel Emperador de Tokio, cuando llegó Santa Claus. Su arribo a Japón es un acontecimiento de relevancia nacional, que no se relaciona ni con Jesús. Santa es un héroe del consumo que llega para iniciar las fiestas de la luz, uno de los espectáculos más hermosos que se pueden ver en el mundo. Pasa lo mismo con la Navidad india, celebrada por millones de personas que se hacen regalos halagando a un semidiós del invierno báltico, al que no relacionan con ninguna religión.  

Estuve en Upsala cuando celebraban la fiesta de Santa Lucía, con hermosas jóvenes, coronadas de velas encendidas en el día más corto del año. También en Holanda cuando un 5 de diciembre llegó Sinterklaas, desde España, con regalos para los niños, en un barco de vapor. Lo hace todos los años. Monta en un caballo blanco, Amerigo, y recorre las calles acompañado de sus ayudantes, los Zwarte Pieten, que lanzan a la población galletitas llamadas pepernoten. La llegada de Sinterklaas se transmite en directo por la televisión nacional, tanto por ondas como por internet.

En la misma época del solsticio de invierno, se celebra en México el 12 de diciembre, desde doscientos años  antes de la llegada de los españoles, la fiesta de una diosa morena de la fertilidad, Tonantzin del Tepeyac. Cuando llegaron los conquistadores, los indígenas que la veneraban decidieron evitar persecuciones, fundiendo su diosa con la Virgen de Guadalupe, que aparecía en el estandarte de Cortez. La fiesta de Tonanzin se celebra cerca de la Navidad, por el solsticio de invierno, y es una de las celebraciones  religiosas más importantes de la cristiandad, americana, plena de misticismo popular.

¿Significa todo esto que no existe la Navidad? No. Es una fiesta divertida, en la que se movilizan millones de personas por todo el mundo. En todos lados está asociada a la alegría y a la posibilidad de entregar regalos a los demás. Personalmente disfruto participando de este acontecimiento que tiene tan poca relación con la realidad.

Todos vivimos en mundos simbólicos, plagados de creencias y supersticiones. Algunos a veces pretenden acercarse a lo objetivo.  En Occidente se desarrollaron dos vías para intentar hacerlo.

Los griegos desarrollaron uno de los métodos, la filosofía. Trataron de desentrañar con la lógica lo objetivo que puede estar detrás de las creencias. Más allá de que los mitos de los taoístas digan que Lao Tse (Lao anciano, Tse sabio) nació después de setenta años de gestación, viejo, iluminado y arrugado, la lógica diría que la creencia debe ser errada. Es poco probable que una mujer soporte un período de preñez tan prolongado y que un niño haya podido aprender tanto y madurar, sin contacto con el exterior del útero materno.  

Lo mismo se podría decir de la creencia de los chiitas duodecimanos, de que Jesús de Nazareth aparecerá uno de estos días en una mezquita de Damasco, para iniciar la guerra del fin de los tiempos. A muchos no les parece lógico que Jesús se dedicó diez siglos a preparar una guerra, ayudando al Mahdi oculto, pero esta idea estuvo a punto de desatar una guerra mundial en 2012, y moviliza a los hutíes yemenitas que se enfrentan a los norteamericanos tratando de llegar a Gaza, para cumplir con una profecía de Mohamed bin Mohammed bin Nolan Baghdadi, Sheikh Mufeed, realizada hace mil años. El Sheik pudo estar iluminado por Dios, pero no es lógico que los guerreros chiitas de Yemen tengan el potencial bélico para cumplir con la misión que Dios les habría encomendado.

La sociedad líquida que se instaló con las computadoras e internet lo complicó todo

Hijo de la lógica, se desarrolló en Occidente El método científico. La lucha entre el dogmatismo y la ciencia en el seno de la cristiandad se explicó en un libro que tiene ese nombre, escrito por White. Posteriormente Thomas S. Khun escribió La estructura de las revoluciones científicas, que permite conocer la dinámica del desarrollo de la ciencia. En nuestro libro “La política en el siglo XXI: Arte, mito o ciencia”, desarrollamos con Santiago Nieto, la aplicación del método científico a la política.

En el mundo de los conocimientos nada es definitivo ni eterno. Para estudiar la realidad formulamos hipótesis, que tienen que ver con el desarrollo lógico de conceptos dentro de un paradigma y con constataciones empíricas anteriores de teorías. Cuando una hipótesis es validada por la experimentación, se la supone válida hasta que nuevos experimentos demuestren que era falsa.

Durante muchos siglos se creyó que el universo giraba en torno a la Tierra, pero cuando Copérnico descubrió en el siglo XV las lunas de Saturno, se supo que eso no era así. Durante mucho tiempo se creyó que la Vía Láctea era todo lo existente. A partir de la década de 1930 se supo que existían galaxias y se postuló la teoría del Big Bang. Actualmente, con las observaciones de James E. Webb, se sabe que existen entes anteriores al Big Bang. Se necesita crear un nuevo paradigma para interpretar el universo, que será archivado cuando nuevas observaciones lo vuelvan obsoleto.

Nada de esto significa que los anteriores científicos estuvieron equivocados, ni que lo que mantenían era mentira. Significa simplemente que no hay verdades absolutas e inmóviles, que todas las hipótesis puedan ser refutadas.

La sociedad líquida que se instaló con las computadoras e internet lo complicó todo. Por una parte, es posible transmitir conocimientos científicos a gran velocidad, acumular una cantidad casi infinita de experiencias y avanzar en el desarrollo de la ciencia a un ritmo que nos va a llevar a un mundo totalmente distinto en pocos años.

Al mismo tiempo, la red es el basurero intelectual más grande de la historia, en el que se encuentra una cantidad inverosímil de mentiras y tonterías, a veces con ropaje científico, que crean teorías conspirativas y supersticiones.

El caos, Zaffaroni y la red

Como dice David Christian en la Gran Historia, nuestra mente es muy lenta y reducida, no logra captar la velocidad y la profundidad de los cambios que produce la ciencia durante la Tercera Revolución Industrial. Para hacer los cálculos necesarios para orientar a James E. Webb cada minuto, necesitaríamos siglos de trabajo de un ser humano. Nos estamos desarrollando con una intensidad que nosotros mismos no podemos entender ni controlar.

El paradigma de la política, especialmente después de la pandemia, voló en mil pedazos, como lo defendimos reiteradamente en esta columna durante los últimos años. Los procesos sociales se desarrollan cada vez más separados  de líderes que apenas los entienden. La cultura de la red privilegia la improvisación, y las formas más primitivas de la política parecen fórmulas mágicas para una población con dificultados para pensar, fácil de entusiasmarse hasta el paroxismo, y que se decepciona fácilmente  de falsos profetas a los que maldice y pretende destruir.

Existe una antipatía hacia la democracia y hacia Occidente que une a los gobiernos más extremistas de la derecha del mundo, con noveleros incapaces de superar los conceptos del siglo pasado, cuando regía el paradigma de la Guerra Fría. Un gobierno de clérigos fanáticos que matan a las mujeres que dejan ver su rostro, es parte de lo que algunos llaman  “izquierda”, aliados a un zar ruso del siglo XVI. Colaboran con ellos gobiernos militares bananeros, que adoran al capitalismo cuando se trata de acumular plata para ellos y sus amigos. Una reencarnación de Somoza, saquea Nicaragua desde hace treinta años, entrega a sus hijos el manejo de las empresas estatales, logra que el país sea el más pobre del continente después de Haití. Persigue a la Iglesia Católica, estatiza su universidad, apresa a obispos y curas, pone en fuga al 30% de los pobres del país, difunde la magia de las amatistas, cuya bruja mayor es su mujer, vicepresidenta de la república que se proclamó presidenta de la Corte Suprema de Justicia.

Ortega está aliado a otro intelectual de la izquierda que inauguró el año escolar en “las escuelas y los escuelos, los liceos y las liceas”, afirmando también que Jesús fue un palestino crucificado por el imperialismo español. Como Duvalier, cree en la brujería. Hizo campaña con un pajarito de plástico amarrado a la cabeza porque pensaba mejor que él.

Por lo que llaman derecha las cosas no están mejor. Uno de sus héroes es presidente de uno de los países más pequeños de Centroamérica con una densidad intelectual mínima, que cree que los problemas de su país se solucionan construyendo cárceles y torturando delincuentes. Hemos caído en una época en la que a los dirigentes bananeros les asignan ideologías para que parezcan estadistas.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

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