martes, 31 marzo, 2026
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Sobreprotección infantil: un mensaje que limita la autoestima

El proceso de crianza implica una serie de transiciones donde los niños van ganando independencia de manera progresiva. Según la psicóloga y especialista en crianza Maritchu Seitún, el rol de los adultos es facilitar estos «despegues», confiando tanto en las capacidades de los hijos como en las propias para guiarlos. Este acompañamiento, que a menudo conlleva cierta nostalgia por las etapas que finalizan, es fundamental para que el crecimiento se viva como una celebración y no como una experiencia amenazante.

El costo de la sobreprotección

Seitún establece una clara diferencia entre mimar y sobreproteger. Mimar es realizar por el niño una tarea que él podría hacer, pero se le facilita por cariño, cansancio o una petición especial. La sobreprotección, en cambio, surge de hacer esas mismas cosas por motivos erróneos: porque el adulto lo hace más rápido, mejor, o por una falta de confianza en la capacidad de aprendizaje del niño. «El mensaje subyacente de la sobreprotección es ‘vos no podés'», afirma la especialista, «y este es profundamente dañino para la construcción de una autoestima sólida».

Autonomía: un camino de pequeños pasos

La autonomía comienza a manifestarse desde muy temprano, con hitos como el gateo y los primeros pasos. La reacción del adulto frente a estos logros es determinante. Un gesto de celebración y confianza fortalece al niño, mientras que una expresión de miedo o una advertencia constante puede frenar sus iniciativas. Entre el primer y tercer año de vida, los pequeños atraviesan numerosos aprendizajes: dejan el chupete y los pañales, aprenden a comer solos, a dormir en su propia cama y a iniciar la vida escolar.

La práctica hace al maestro

Seitún destaca que, antes de hacer las cosas bien, los niños inevitablemente las harán mal. Ponerse una remera al revés, derramar agua al servirla o enjuagarse mal el pelo son parte del proceso. Detrás de cada habilidad adquirida hay años de práctica, paciencia y constancia, con padres que acompañan sin rendirse. Estos esfuerzos, aunque demandantes a corto plazo, facilitan la vida familiar en el futuro y dotan al niño de una gran sensación de orgullo y competencia.

Evitar la acumulación de desafíos

Un error común, según la experta, es postergar estos aprendizajes hasta que la realidad fuerza a enfrentar varios cambios de golpe. Un ejemplo clásico es cuando la llegada de un hermano coincide con el inicio del jardín, la retirada del chupete y el paso a la cama propia. Esta acumulación genera un estrés evitable si se promueven cambios graduales y acordes a la edad. La tarea parental, concluye Seitún, es ir ampliando la zona de lo que el niño «sí puede hacer», de un modo que convierta el crecer en un disfrute y no en una pesadilla. Estos pequeños pasos iniciales los preparan para desenvolverse con seguridad y confianza en sí mismos cuando están lejos del núcleo familiar.

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