jueves, 15 enero, 2026
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Negacionismo climático: el fuego político de Milei que quema la Patagonia

La que sigue es una historia de negacionismo. Este es un término que se acuñó después de la Segunda Guerra Mundial para referirse a quienes negaban la existencia del Holocausto, es decir, para quienes rechazaban la realidad más evidente con una clara intencionalidad política. En estas épocas la nueva derecha llevó este fenómeno a otras latitudes: hoy el desconocimiento intencional de la verdad científica e histórica alcanzó terrenos insospechados como la curvatura de la tierra, la efectividad de las vacunas, la capacidad de dialogar con perros muertos o la idea de que existe una conspiración marxista internacional para controlar el mundo. El primer paso para acercarse a lo que está haciendo Javier Milei con el cuidado del medio ambiente argentino es entenderlo como un capítulo más del negacionismo de moda: el Gobierno aplica en la práctica la tesis, central en la nueva derecha mundial, que niega que el humano esté teniendo un efecto negativo sobre el mundo que habita, a pesar de lo que toda evidencia indica. 

El fuerte ajuste en las áreas relacionadas al control del fuego, el precario salario que reciben los brigadistas, el recorte en personal, y los cambios perjudiciales para el ambiente que quiere introducir en la legislación son sólo la punta del iceberg. De fondo se encuentra uno de los corazones de esta corriente política que, mezclando teorías conspirativas con agresividad -y negocios-, llegó al poder en varias latitudes. Ahora, la que lo paga es la Patagonia.
GPS. A favor de Milei hay que decir que con esto, como en tantos otros temas, fue absolutamente transparente desde el minuto uno. Cuando estaba haciendo su primera campaña para diputado, en 2021, le dijo al youtuber Julian Serrano: “El calentamiento global es otra de las mentiras del socialismo. Hace 10 se discutía que el planeta se iba a congelar, ahora discuten que se calienta. Aquellos que conozcan cómo se hacen esas simulaciones van a ver que están sobresaturadas a propósito para generar miedo”. Así el libertario flameaba una de las principales banderas que tiene hoy la nueva derecha: la idea de que el calentamiento global es una ficción creada por el “wokismo”, el socialismo o “el marxismo cultural” para beneficio de una elite -sean políticos o quienes trabajan para un ONG- que, además de buscar enriquecerse con el dinero de los contribuyentes, planea destruir a las naciones y a su soberanía imponiendo una agenda “globalista”. El principal difusor de esta tesis fue nada menos que Donald Trump durante su primera presidencia, época en la que tildaba de “bullshit” al calentamiento global, aseguraba que era un “invento de China”, y en la que retiró a su país de los Acuerdos de París, un tratado internacional que busca combatir este fenómeno.

Es verdad que con el tiempo Milei fue oscilando en su discurso. Pasó del negacionismo puro y duro -que además del estadounidense también lo comparte el brasileño Jair Bolsonaro- a otra versión que también está muy extendida en la nueva derecha: la idea de que el clima está efectivamente cambiando, pero no por culpa del humano sino por un ciclo lógico de la propia naturaleza. Así lo dijo en varias ocasiones durante la campaña presidencial. “Cuando uno argumenta que la Tierra ha tenido ya cinco ciclos de cambios bruscos de temperatura y que en cuatro de ellos el hombre ni existía nos tildan de terraplanistas para desacreditar nuestras ideas”, «todas esas políticas que culpan al ser humano del cambio climático son falsas», «el calentamiento global no tiene nada que ver con la presencia humana, esta agenda está inspirada en el marxismo cultural, que cree que el opresor son los seres humanos y el oprimido es el medio ambiente», además de un discurso que se viralizó en donde aseguraba que “una empresa puede contaminar un río todo lo que quiera”. Desde entonces esta viene siendo su línea discursiva, aunque cada tanto comparte mensajes en sus redes sociales donde vuelve a la negación llana.
Por eso es que lo que hizo cuando llegó al poder fue de todo menos una sorpresa. Por un lado esa tesis se convirtió en dogma de la administración libertaria. Por poner algunos ejemplos: el Servicio Nacional Meteorológico dejó de incluir al “cambio climático” y al “calentamiento global” en sus informes o comunicaciones, y eliminó de su web una pestaña -junto a todas las notas que había ahí- en la que informaba sobre el tema. Clarín hizo una investigación sobre esta nueva política, y recibió la siguiente respuesta formal del Gobierno: “Hay que dejar atrás una perspectiva basada exclusivamente en la culpabilización del accionar humano, y superar visiones ideologizadas del pasado”. En esa área, además, fue designado como director Antonio Mauad, veterano de Malvinas, lo que contradice el artículo 5 del decreto 1432/2007, que establece que al SMN lo debe conducir alguien con una carrera universitaria vinculada a estas disciplinas. 

Hubo también otros episodios de este estilo. El día en que las nuevas autoridades de Parques Nacionales se presentaron ante sus empleados, en abril del 2024, les dijeron que ese año iban a haber menos incendios porque el cambio climático “era todo una mentira”. En aquel noviembre Milei ordenó retirar a la delegación argentina de la COP 29, la cumbre anual de la ONU en la que se discute como combatir al cambio climático. El hecho tuvo repercusión internacional: los enviados de Argentina ya estaban en el evento en Azerbaiján en el momento en que llegó la orden presidencial, y lo tuvieron que abandonar intempestivamente.

Sin embargo, no fueron sólo acciones en el plano de lo simbólico. La “Fundación de Ambientes y Recursos Naturales” (FARN), una ONG que lleva trabajando en Argentina desde 1985, publicó un informe sobre el ajuste presupuestario que llevó adelante el oficialismo sobre el Servicio Nacional de Manejo del Fuego, el organismo encargado de la coordinación para el combate de incendios que en esta administración fue mudado desde la secretaría de Ambiente al ministerio de Seguridad. “Durante 2024, el Gobierno ejecutó apenas el 22% del presupuesto asignado al SNMF. En 2025 la subejecución presupuestaria volvió a repetirse: el SNMF dejó sin ejecutar el 25% de los recursos asignados, lo que equivale a casi $20.000 millones que podrían haberse destinado a mejorar la infraestructura, el equipamiento, las capacitaciones y las condiciones laborales de las y los brigadistas. De acuerdo a la Ley de Presupuesto 2026, la partida presupuestaria SNMF contará con $20.131 millones, lo que implica una caída real del 69% con respecto a 2023 y del 71,6% con respecto a 2025. Las metas físicas del SNMF tendrán una marcada reducción en las horas de vuelo previstas y ejecutadas. Mientras que en 2023 estaban programadas 5.100 horas, para 2026 se proyectan 3.100. A esta disminución se le suma la caída en los informes de alerta temprana y de evaluación de peligro de incendios, instrumentos clave para un enfoque preventivo, de 2.310 informes previstos en 2025 a 1.850 en 2026”. 

Sabrina Selva, diputada del peronismo que fue directora de Parques Nacionales durante la administración de Alberto Fernández, suma otro dato: en esa área pasaron de 440 brigadistas a 390. Es una baja lógica si se tiene en cuenta el salario básico de esos trabajadores: $860 mil para los destinados a la Patagonia, y $650 mil para los que están en el norte. 
También hubo otros cambios. En julio de 2025 el Gobierno disolvió el Fondo Nacional de Manejo del Fuego, mediante un decreto. Según el oficialismo habían detectado “irregularidades” -que por ahora no llegaron a una denuncia judicial- en el manejo de ese dinero, que entre 2022 y 2023 había sido de $26.000 millones. Por eso tomaron la decisión de que ese monto pasara a estar administrado directamente por el ministerio de Seguridad, quedando a discreción de esas autoridades su manejo. El Servicio Meteorológico Nacional también sufrió recortes: para 2025, de acuerdo a un informe de CEPA, el ajuste era del 34% comparado al 2023.

Aunque está claro que un incendio responde a varios factores, y no sólo al accionar de un Gobierno, los resultados hablan por sí solos: “Durante la última temporada de incendios en la Patagonia la superficie de bosques afectados por incendios se cuadruplicó: pasó de 7.747 hectáreas entre octubre de 2023 y marzo de 2024, a 31.722 hectáreas entre octubre de 2024 y marzo de 2025”, sostiene el informe de la FARN. Este año, además, va a haber más novedades: el Gobierno ya anunció que quieren llevar al Congreso la modificación de la ley de Tierras –que limita al 15% la propiedad extranjera de tierras rurales y fija topes por titular y nacionalidad, norma que ya habían intentado derogar vía decreto- y la de la ley de manejo del fuego, que prohíbe realizar actividades agropecuarias, loteos o ventas en un terreno entre 30 y 60 años después de un incendio.

For export. En octubre del año pasado la Net Zero Banking Alliance, un grupo de importantes bancos internacionales que se habían juntado en 2021 con la intención de crear planes para cuidar el medio ambiente, anunció que dejaba de operar. En noviembre, Bill Gates, quizás la cara más visible de todo el planeta en la lucha contra el cambio climático, sacó un comunicado en su página que fue festejado como un gol por toda la nueva derecha: ahí aseguraba que habían demasiadas “perspectivas apocalípticas” sobre el calentamiento global, que el  “dinero destinado al clima no se está gastando en cosas correctas” y que, a fin de cuentas, la situación no era tan mala como se pensaba. “Sé que algunos defensores del clima no estarán de acuerdo conmigo”, se sinceraba en esa publicación. En diciembre, Ford  comunicó que va a dejar de producir autos eléctricos, amparándose en que los compradores no los quieren. 

La lista de ejemplos podría seguir, pero el fondo se entiende: la nueva derecha, con este Trump recargado a la cabeza, está imponiendo sus condiciones en todo el planeta. Brasil, luego de la presidencia de Bolsonaro -que igual que Milei hizo de su negacionismo uno de los pilares de su administración, tanto a nivel teórico como en los recortes en los organismos vinculados-, puede dar cuenta de eso: según datos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), esta región -que absorbe millones de toneladas del dióxido de carbono presente en la atmósfera- sufrió estos últimos años su mayor retroceso desde 2008, con un total de 11.088 km2 deforestados entre agosto de 2019 y julio de 2020. El mismo organismo notificó que entre agosto de 2020 y julio de 2021 fueron talados al menos 745 millones de árboles, una superficie equivalente a 13.235 km2 que supera a la del periodo anterior. 

Por último están los negocios. La Climate Social Science Network, una ONG que depende de la Universidad de Brown, en Estados Unidos, publicó un informe sobre cómo el instituto Mises viene atacando al cambio climático. Esta organización, muy cercana a Milei -y que tiene entre sus miembros más destacados a Walter Block, el autor que el Presidente recomienda y que, entre otras propuestas polémicas, propone privatizar los océanos-, no le prestaba atención al calentamiento global hasta el 2016, el año que ganó Trump. “Desde entonces hubo un esfuerzo consciente con atacar al cambio climático, con un notado salto en artículos públicados sobre el tema en 2019”, dice la CSSN, que completa: “Hay lazos entre el Instituto Mises y un gran grupo de empresas vinculadas al oro de Alemania, tabaquerías de Estados Unidos, y metaleras de Suecia”.

No es un caso aislado. Una filtración de WikiLeaks demostró que entre los grandes financiastas de VOX -cuyo líder, Santiago Abascal ha dicho que “con la excusa del cambio climático lo que están haciendo es restarnos libertad, decirnos qué tenemos que comer y que debemos tener menos hijos”- se encuentran empresas vinculadas a la construcción, como OHL, y a los pesticidas, como Fertibería.  Un informe de Greenpeace titulado “Koch Industries: Secretly Fundingthe Climate Denial Machine” muestra cómo grandes multinacionales norteamericanas ligadas a la energía fósil son el cerebro y la fuente de financiación tanto del negacionismo climático como de la revolución neoconservadora en los Estados Unidos. En “Trumpismos”, el libro del español Miguel Urbán, se detalla que en la campaña presidencial brasilera de 2022, 33 de los 50 mayores donantes de Bolsonaro tenían vínculos con la agroindustria. 

Lo curioso es que esta mezcla de negocios y negacionismos engancha muy bien con el clima epocal, y por eso se convierte en un discurso tan atractivo. Como dice Rodrigo Nuñes en su libro “Bolsonarismo y extrema derecha global”: “La racionalidad perversa de creer en narrativas irracionales como las conspiraciones antivacunas o las diatribas antiglobalistas es que estas no dejan de reconocer cuán grave es el estado general de las cosas, pero lo hacen ofreciendo el consuelo de fantasías que prometen soluciones relativamente simples. Con esto, pueden canalizar sentimientos antisistémicos, empezando con el sentimiento de que hay algo fundamentalmente mal en el mundo, en circunstancias en las que prácticamente nadie cree que el cambio sistémico sea realmente posible. Ahora bien, si no se pueden modificar las condiciones estructurales que crean una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres, lo que les queda a los de abajo es disputarse migajas cada vez más pequeñas. Con el negacionismo encontramos el mayor y más irónico malentendido del que depende la extrema derecha: el hecho de que sella una alianza entre quienes se preparan para sobrevivir en condiciones cada vez peores y una élite que cada vez se siente más a gusto con la idea de que ‘ya no hay suficiente lugar en la Tierra para ellos y el resto de sus habitantes’. Lo notable de esta narrativa es el modo en que transforma las amenazas reales que vemos crecer en el horizonte en versiones distorsionadas de sí mismas, como reflejos en una casa de espejos”. 

Hoy la amenaza que plantea el negacionismo es muy real. Basta ver el fuego en la Patagonia.

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