La Flor de Barracas: un siglo de historia, pasta y tango

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En el corazón de Barracas, un barrio de calles adoquinadas y pasado industrial, se erige un bodegón que parece desafiar el reloj. La Flor, con más de un siglo de vida, mantiene intacta su esencia de punto de encuentro comunitario. Durante la semana, es refugio de vecinos que comparten un juego de cartas o una charla; los viernes y sábados, su salón se llena con el eco del tango y el bullicio de comensales atraídos por sus platos generosos.

Un menú con historias y leyendas

La carta es un viaje en el tiempo. Platos como los malfatti con estofado o la carne al Malbec representan la tradición italiana y criolla. Pero hay una oferta que carga con una leyenda: «La Puñalada». Este contundente plato de bondiola en salsa de cerveza negra y miel, acompañado de panceta, papas y huevos, rememora una pelea a cuchillo que, según se cuenta, ocurrió frente al local en sus primeros días. Es un guiño a un pasado de malevos y desafíos que forman parte del folclore del lugar.

Capas de resiliencia e inmigración

La capacidad de adaptación ha sido clave para su supervivencia. Tras superar crisis económicas como la de 1930, el bodegón recibió un nuevo impulso con la llegada de dos mujeres españolas que huyeron de la Guerra Civil. Ellas introdujeron recetas de resistencia como la tortilla española y la fabada asturiana, platos contundentes y económicos que se integraron al menú para una clientela de recursos modestos. Esta herencia ibérica aún perdura, adaptada con aceite de oliva, ajo y pimentón.

Un nuevo capítulo: amor a primera vista

En 2009, el destino del local tomó un nuevo rumbo con la llegada de Victoria Oyhanarte. Atraída por una «vibración especial» del barrio, decidió invertir en el entonces descuidado bar. «Fue un amor a primera vista», recuerda. A pesar del estado del lugar, vio en él una «mina de oro». Su compra marcó el inicio de una profunda transformación que respetó escrupulosamente la identidad del sitio.

Integrar lo nuevo sin perder lo viejo

El proyecto de Oyhanarte tuvo un pilar fundamental: no excluir a la clientela histórica. Heredó y mantuvo a los habitués de siempre, desde los vecinos que jugaban al truco hasta las maestras de una escuela cercana. Incluso instaló una ducha en el baño para quien la necesitara, en un gesto de inclusión genuina. Con su familia trabajando codo a codo en la remodelación y una cocinera santiagueña diseñando un nuevo menú, logró reinventar La Flor como un bodegón de excelencia que honra su pasado. Hoy, el lugar no es solo un restaurante, sino un testimonio vivo de la historia social y gastronómica de Buenos Aires.